Familia

UNA HISTORIA VERDADERA

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UNO DE LOS ÁNGELES DE MI VIDA

Era el mes de diciembre de l976, estábamos en Houston mi marido mi pequeña y yo, en una de tantas revisiones de los ojos que mi pequeña recibía en su largo tratamiento en la lucha contra el cáncer en la retina de sus ojos. Era 24 de diciembre, su cita inevitablemente había sido para el día 23, por lo que llegaríamos justo a cenar con la familia, el 24 por la noche.

Los vuelos y el aeropuerto estaban llenos, la gente corría, el ambiente era totalmente diferente a las otras veces que habíamos estado ahí, era un colorido intenso, personas caminaban de prisa con bolsas y regalos envueltos con coloridos lazos y listones en moños enormes.

No había vuelos, el último que había, llegaría a México a las 9 de la noche, empecé a compadecerme por mi misma, “pobre de mí, pensaba”, ¿Qué hago aquí?, ¿Por qué tengo que estar la nochebuena en Houston, con mi primogénita hija con cáncer, saliendo de un estudio intenso de los ojos, donde la habían dormido para poder hacerlo?. ¿Cómo tenía que lidiar a mis 26 años con algo tan grande, sentirme tan lejos, mi marido y yo? ¿Por qué?.

Al fin consiguió mi viejo los boletos, ¿Por qué sucedió esto?, no lo recuerdo, no recuerdo si cambiamos nosotros el regreso, o fue la aerolínea, o que demonios fue, lo que sí recuerdo es que llegaríamos a México a las 9 de la noche, no quise pensar mas, con mi hija en brazos, llame a mi ma, para avisarle, esa noche no la vería puesto que la pasaría con mis suegros, me iría directo del aeropuerto para allá, y bien, cuando ella me contesta, me pregunta cómo salió todo, y me pregunta cómo me siento, porque tiene algo que decirme. Le pido que me lo diga ya de una vez por todas, y me comenta: Maruca, atropellaron a Inés, está muy grave, en el hospital Xoco de Coyoacán, ha preguntado tanto por ti, que sus familiares te están buscando.

Hubo un largo silencio, rompí en llanto, Inés había sido no mi muchacha, sino mi salvadora. Cuando nació Ana, lloraba de día y de noche, y cada una de las personas que me veían, me daba un consejo diferente, dale mas leche, cámbiale el pañal, duérmela boca abajo, boca arriba, báñala con lechuga, pero me daban el consejo y se iban, y yo me quedaba con mi niña envuelta en llanto.

Al fin, a los 3 meses de Ana, pudimos conseguir a Inés, mi viejito me dijo que me podría pagar 4 días de la semana para que me ayudara, no sabía lo que era eso. Inés tenía 23 años y un hijo de 5 años, ella más joven que yo, y con un hijo mucho mayor que Ana, Inés era hermosa, llena de vida, alegre, y a la vez callada, desde el primer día, tomó a Ana en sus brazos y maravillosamente Ana se calmó. ¡no lo podía creer!, Ana al fin no lloraba. Me pregunto cada cuanto comía, en fin, todo lo que se le hace a un bebé, Estaba en casa y Ana no lloraba, por lo menos no lloraba tanto, ella podía calmarla. Por fin un día, me atreví a pedirle que si se la dejaba para ir a la Bodega de Aurrera, me dijo que feliz se quedaría con ella, mi viejo me dejo el coche, y me fui a la tienda, compre con calma, tanta calma que no lo creía, admiraba todo en la tienda, parecía que tenía años de no visitarla, veía como las mamás podían ir con sus bebés y hacer la compra, me preguntaba porque yo nunca había podido hacer eso, aun no sabia que mi pequeña estaba enferma, me tarde, si me tarde como dos horas, no recuerdo ni siquiera que compre, pero de regreso, sentía que el pánico me consumía, ¿Qué le habrá pasado?, ¿Cómo pude dejarla?, si nunca deja de llorar, y esto nunca podré olvidarlo, toque en mi pequeño departamento, me abrió Inés de nuevo sonriente, me ayudo con mis bolsas y lo mejor, la casa estaba en silencio, era increíble, no me dijo nada, no me reclamo que porque me tarde, no hubo ni un solo ruido, Ana estaba por fin dormida. Si Inés era para mi, un Ángel de la guarda. A partir de ese momento mi vida cambio, La llegada de Inés esos 4 días de la semana eran la gloria, la bendición, la paz. Podía estar en casa, o podía salir, Ana estaba bien. Poco, muy poco tiempo duró esto, ya que descubrieron lo que Ana tenía, y partimos a Houston, ahí vivimos unos meses, regresamos para septiembre, y seguía mi Ángel, atendiendo la casa y ahora de nuevo a nosotras dos. Recuerdo su bienvenida, era emocionante saber que existía alguien con esa sencillez, que nos pudiera dar tanto. Esa era Inés.

El 24 de diciembre llegamos a las 9 p.m. como estaba previsto, había que ir a la casa por el coche, ya era verdaderamente tarde para la cena, y a Inés la había atropellado un coche y estaba preguntando por mí, Era difícil, pero le pedí a mi viejo, que antes de la cena quería pasar a verla, el estuvo de acuerdo, y nos dirigimos a Xoco, para mi sorpresa, igual que el aeropuerto, estaba lleno, pero no había gente corriendo, como tampoco había gente con regalos, estaba lleno de gente con caras de angustia y preocupación, gente en la calle cubierta con frazadas viejas, tratando de quitarse el frió, otros comiendo un pollo rostizado, el hospital estaba totalmente lleno, pregunte por Inés, me dieron el diagnóstico: atropellada en estado crítico, pedí que me dejaran entrar a verla, me preguntaron el parentesco, pero… no lo había, por lo menos de manera natural, “no puede pasar”, busque a sus familiares, aquí están. Me di a la tarea de hacerlo, por fin los encontré, me dijeron que la habían atropellado al salir de la casa, que había ido porque quería que yo regresara y encontrara todo limpio y bien, la atropelló un pesero, el cual huyó, nadie sabía quién había sido.

Por fin pase, ahí estaba junto con otros más, cubierta con un espantoso sarape que le habían conseguido, temblaba de tal forma que la cama se movía, me acerqué, el dolor invadía su rostro. Inés, le hable, Inés, ella abrió los ojos, me vio, le dije soy Maruca, seguía con la vista fija, subió su mano y me la ofreció, la tome con fuerza, y solo me dijo, en un voz que apenas podía oírla, “gracias señora, gracias, sabia que iba a venir”, fue todo, entró en shock, me sacaron del cuarto, me quedé aún un rato ahí, y dijeron que ya no podría tener visitas, los médicos y enfermeras también iban a tener su brindis de Navidad.

Nos fuimos a la casa de mis suegros, tarde, ya muy tarde, nos estaban esperando, no fue la mejor cena que había yo vivido, pero algo dentro de la inquietud me dejaba en paz.

Al otro día, fuimos por la mañana. Inés había muerto como había vivido, un 25 de diciembre, el día del nacimiento de Jesús

Su vida, el poco tiempo de vida que compartí conmigo y con Ana, fue el tiempo más maravilloso que alguien en esos momentos me pudo dar.

Inés, aun te extraño, Maruca
Fuente: Lic. Maruca Serrano

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